EL LUTO

El luto es todo aquello que va calando y calando hasta dejarte el alma en los huesos; o los huesos a la deriva sin alma a la que sujetar su escuálida envoltura. Sigue leyendo

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Un día con TELMO

El verano ha ido alargando sus brazos de mar, haciendo castillos en algunas playas más que en otras. Mi playa ha sido un amasijo de estrellas caídas en desgracia por obra y desgracia de la contaminación lumínica que arrasaba el cielo de Madrid, justo la misma noche en que se produjo el diluvio de PERSEIDAS. Sigue leyendo

El mar todo

El mar todo es inmenso. Debe ser algo así como un dolor insoportable; también como la experiencia del amor efímero, del que dicen, dura menos que la visión de una estrella fugaz dibujando caminos insondables alrededor del mundo una noche cualquiera, pero una noche estrellada.

El mar todo está en la biografía de Rilke, el hombre pantera que vivió haciendo círculos de silencio, para ensalzar por encima de todo el POEMA. ¿Para qué hablar cuando un verso expresa TODO, de forma impecable, sin la vibración agitada que enturbia el respirar?

Estos días de extraña primavera…

Mayo y des-mayo

El mar todo es una excusa para hablar de algo que no sea lo que ya sabemos. Mayo estuvo hermoso con sus flores ahora pisoteadas.

Mas des-mayo que mayo se desvanecen las ganas de amar que algún día tuvimos por aquí rondándonos.

Por eso el mar todo es una urgencia. Con su gama de azules mostrando al mundo su pequeñez y negrura.

Este des-mayo va haciendo crecer la muerte en casi todos los sentidos. UN NO DEJAR NACER LAS FLORES.

Un… ¿qué más nos da existir si al cabo todo revierte en la nada que dejamos?

El mar todo ya no cabe aquí donde hicimos hueco por si acaso desparecía la palabra AZUL. Y a fe que está moribunda esa palabra.

Esto que nos pasa es un NO DEJAR NACER LA FLORES.

Y el mar todo ya no espera. Como el nombre de mi #pobrelibroinédito todo se ha teñido de AZUL LEJANÍA.

El vapor de la felicidad es esto

Rilke todo era silencio, para no enturbiar los armónicos de la belleza toda en su inmensidad. Y yo de tanto buscar silencios voy camino del mar todo, apaisada como la dulce Alfonsina... caracola y sedimento. Silencio todo.

Dejen alguna flor a la entrada como despedida. No hablen, sólo dejen pasar las floraciones para que al llegar donde sea que lleguemos, sólo nos asista el mar todo y acaso muy al final del todo, el  dulce resplandor de las mimosas.

 

El Mediodía

No es un momento del día…es un lugar. Es el “sur”. Mi “Sur”. 

Extremadura es el “Mediodía” de todo viaje hacia el sur. Un mirador hacia los taludes salpicados de mimosas que se desperezan hasta Portugal.

Desde hace algún tiempo, este ramalazo de Sur, se ha convertido en frontera de los besos. Allí se agolpan en espera de destino, universo, mar o Mediodía.

Una va asaltando “peajes” hasta llegar al paraíso de prados húmedos, ribazos, linderos, tallares y setos crepusculares iluminados por la hierba de la herida, “prunela” para los amigos.

Por alguna razón, al olor de las “milamores”, valeriana roja para los amigos, sabes que has llegado al Mediodía, el paisaje-tisana donde la calma se expande y va dibujando el ánimo, como si dentro de nuestro cuerpo, se hubieran derramado todas las cestas de flores recién cortadas del mundo. Tal es el abismo que produce la belleza al llegar a Mediodía.

Y en tales circunstancias transcurre un nuevo fin de semana. Entregados al placer de la sobreabundancia, al festín de la tierra que se ha propuesto volvernos locos de amor.

Un esplendor efímero, que se cuela por las callejuelas de cada iglesia y allí se queda, arrodillado, mientras doblan y planchan las campanas el alma de la tarde.

Mientras escribo, siento la enorme impotencia de no poder  llevaros hasta casa el olor de las lilas, el incienso o la caléndula, “maravilla” para los amigos y que aplicada como ungüento, ayuda a cicatrizar heridas pertinaces.

Mediodía es en primavera la Farmacia más socorrida. Cada olor, cada color y cada brizna de uno de sus vientos, cura por completo los tormentos.

Me debato entre los botánicos de la isla de Fogo o la sencilla énula campana, “hierba del ala”, para los amigos, que asola los campos desde Madrigal de la Vera hasta Entrocamento… un poco más al Norte del Mediodía, “Rayando” la frontera.

Y entre tanta abundancia todo es abundancia: en tiempo, en amores; el cielo todo para ti sin más límite que el aleteo de los rododendros y la atalaya desde la que se vigilan las migraciones del espíritu… el Monasterio de Guadalupe.

Siento no estar a semejante altura; pero os aseguro que en cada línea que escribo, quiero dejar constancia de Extremadura y no me sale, no llego sino a la ruina de algunos muros y apenas a orillas de las correntías que hacen música de agua al caer impunemente en las tierras bajas.

Un porche al Mediodía

Mediodía es la belleza desatada, feroz y fugaz porque junio vendrá para raptarla. Será entonces cuando quede reducido Mediodía, a un triste rastro de regato buscando con premura el mar.

 

Una cocina en domingo

Cada domingo es un comienzo de algo. Una resonancia del viernes ya lejano y vaporoso. En consecuencia el domingo es un abrir y cerrar de golpe la maleta.  Es a esta hora última de la tarde, cuando sobrevuela por la casa a medio encender, el untuoso rito del baño espumoso, rumbo al pijama tibio, que espera derretido sobre la cama. Como esa leche, que excitada por el calor se derrama del vaso y dibuja a punto de nieve el microondas.

Como cada domingo, la casa se torna a esta hora del desplome, en campo de batalla: una retahíla de maletas y bolsos de viaje dificultan el tránsito por el pasillo; de alguna bolsa emerge el olor de los dulces que un familiar nos ha metido sin permiso en el maletero. Luego está el desfile de tarros de miel que hemos comprado en la gasolinera, las mallas de diez kilos de naranja, chucherías de carretera, unas cuantas revistas de coche y el arsenal de objetos inservibles que traemos al regreso de cada viaje al pueblo.

Ahora toca abrirse un hueco en la cocina. Es domingo y todo comienza, aunque tu dices que todo termina. Montoncitos de ropa van del dormitorio a la terraza en una especie de baile de salón. ¡No son horas de poner lavadoras!

El pan de pueblo reposa como una bella durmiente sobre los fogones apagados, toda ella oronda, jugosa, apetecible y tentadora. ¡No son horas!!

El cuerpo se nos pone de domingo y tiembla. Se tambalea como una gelatina. Abro el despensero y pienso en algo indispensable: mi colección de tarros de cereales. Algo parecido a una fiesta en el campo pero en miniatura de cristal.

Una amiga me envía señales desde la Feria de Abril, con sus lunares dibujando el alma y su flor en todo el corazón. Veo sus fotos y parece como si estuviera dos continentes más allá.

Los lunares de Águeda en flor

Luego observo las fotos que me envían desde un concierto de Sabina… poeta siempre… y parece como si Madrid fuera aquello en vez de esto. De repente el pueblo sin mar, se llenó de vida y ojos de gato mientras la gran ciudad se despoblaba en noche de sábado y primavera.

 

Anuncio del concierto de Sabina en Don Benito

Y mientras los amigos, como es normal cada domingo, me van llenado el teléfono de planes festivaleros, viajes express a Transilvania, paseos con Menina incluida y limoneros en flor… yo voy haciéndome preguntas muy profundas: ¿qué hice la noche de ayer sábado? ¡No son horas!!!

 

 

Meninas por Colón

Aún repaso algunas fotos más y observo que otros dos buenos amigos, se han ido al  Líbano para leer sus melodías empapeladas; nada menos que al Instituto Cervantes con sede en Beirut y para ponerme los dientes más largos, me envían recuerdos desde una playa.

Amigos Javier y Anotnio en Beirut.

A estas horas la galería de fotos se desparrama y me sugiere revisar el almacenamiento, en pocas palabras, BORRAR. No admite más imágenes. Y bien que se lo agradezco porque no para de retumbar en mi cabeza la pregunta : ¿qué demonios Mar hiciste tu anoche, mientras Sabina cantaba en Don Benito para siete mil personas; mientras  Águeda se ponía flamenca,  mientras Esther viajaba a Rumanía, mientras Yolanda posaba con una hermosa Menina y mientras Javier y Antonio leían sus obras en Beirut? ¿EHHHH???

¡No son horas, pero voy a poner una lavadora!

Ahhh y justo antes de ponerme la leche a calentar en mi cocina con su pan durmiente y el murmullo de los cereales burbujeando en el tazón, me llega una foto más: Neus, la pionera, me envía una instantánea de la entrevista que ha concedido para un periódico. En ella habla de una generación de mujeres silentes, en la que yo creo reconocerme; mujeres que contribuimos a romper desde un puntito de  provincia, tímidamente y sin mucho ruido, a veces con música clásica nada más, el grueso caparazón de esa triste generación llamada “del silencio”.

Escribo desde mi cocina para repasar las fotos que me permite guardar el almacén de mi teléfono y así llevarme hasta el punto de ebullición, darme una fiesta de arroz con leche y llorar por tanto recuerdo borrado.

Escribo desde una cocina en domingo.

 

 

FLORACIÓN

Hay un presagio de yema floral en cuanto nos rodea. Puede ser que sea que al igual que ocurre en toda floración, nos circunde un comienzo.

En toda puerta que se abre, apareces

Toda historia contiene un principio y un final…a  veces. Otras el final es un mero abrir la puerta a algo, a alguien; remover brasas que creías apagadas para siempre en la chimenea de tu corazón. Sigue leyendo

Esta “Pasión” naciente

Acumulando ya tres noches de profundo insomnio, amanecí esta mañana en volandas, gracias a la Pasión según San Mateo de Bach, que junto con la banda sonora concebida por John Williams, para Spielberg, es la única cortina sonora que escucho en estos días de advenimiento y revelación. Es una descarga de aire procedente de alturas que se me escapan.

Pasé la noche con el natural estremecimiento que brota del Libro de La Sabiduría, de ahí pasé a Proverbios, donde se puede leer la más pura de las músicas, escuchad:

          “Fui formada antes de los orígenes de la tierra. Cuando aún no había océanos, antes que los montes fueran asentados, antes de las colinas, fui engendrada.

           No había hecho aún la tierra ni los campos, ni los primeros terrones del orbe. Cuando establecía los cielos, allí estaba yo, cuando trazaba la bóveda sobre la superficie del océano, cuando señalaba al mar su límite para que la aguas no rebasaran sus orillas… allí estaba yo (…..)”

Tanta belleza por fuerza agita el espíritu, altera el sueño y conmueve para bien. Es el bálsamo del que me rodeo para silenciar los estallidos de la calle.

“Amarla, buscarla, pedirla” todo está salpicado por ella: “sabiduría”, la que permite conocer “la estructura del mundo, el principio, el fin y el medio de los tiempos, la alternancia de los solsticios, la sucesión de las estaciones y las posiciones de los astros”.

Y de repente, una se encuentra con los más bellos versos, donde nadie nos enseñó que había poesía de latitudes insospechadas.

Intercambiaba el otro día con un amigo impresiones sobre esto de escribir o no escribir. Se dolía mi amigo de haber dejado dormir en algún cajón de verano sus escritos, tan intensos como yo los recordaba, tan llenos de él y su impenetrable carisma. Y es que en algún momento de nuestras vidas, el Periodismo ha ganado al pequeño poeta que uno lleva dentro. Un terremoto que en mi caso sirvió para desembocar en las orillas del Periodismo Mágico, donde fui feliz y donde habito a escondidas del mundo.

Considera mi amigo que cuando uno se adentra en los entresijos del marketing, la prosa invade hasta los pulmones y uno respira por la herida del poeta que no ha llegado a ser. No importa, le digo yo, “la poesía está sobrevalorada”… ¿en serio he llegado a decir esto? tal vez sólo quería que no se sintiera mal por no escribir con música. Con la música de aquellos veranos nuestros, apostados en azoteas, entre libros y silbidos de cielos apabullantes. Azoteas con vistas a jardines romanos en los que avistamos nuestras primeras musas.

Cuando me pierdo en El Cantar y en las llanuras luminosas de Eclesiastés, redescubro el valor de la música que aportan unos versos. Pero no unos versos cualquiera, escuchad:

“Mi amado es para mí una bolsita de mirra que descansa entre mis pechos; un manojito de alheña de las viñas de Engadí”

Nuestro lecho es de flores, las vigas de nuestra casa, de cedro, nuestro techo de ciprés. Confortadme con pasas, reanimadme con manzanas, que desfallezco de amor.

Mi amado es para mí, y yo para él, que pastorea entre azucenas. (….)”

Y en Lamentaciones:

“Qué solitaria, la ciudad populosa. Ninguno de sus amantes puede consolarla. ¡Toda ella es amargura!”

¿Alguien, alguna vez, nos dijo que abrir el Libro de los Libros, la Biblia, era un acto poético?

Nadie.

Nunca.

Jamás.