Estupidez

Surgió de la lluvia como el prematuro beso que no esperas y que te aturde hasta el final de los días. Brotó entre la multitud como el rayo que atraviesa los cielos y va a parar hasta las entrañas de la tierra. Me vio. Le vi. Flechazo. Ahí estaba él, desplegando el arco-iris que dibujan todas las musas cuando deciden quedarse a vivir en casa, invadiendo el espacio que ya no tienes ni para respirar. Desde ese día mi refugio es una acuarela de Sorolla, una estampida perturbadora de pinceles que embadurnan a placer el blanco de las paredes en orgía de trazos… como empujados por “Verano” de Vivaldi, en volteretas de violín. Le vi. Me vio. Jardines de luz. Clave de sol. Fuera de mí. Dijo sí.

La calle enmudeció. Nosotros… puro hablar para evitar el chasquido del silencio entre los huesos; el mapa de la piel en carne viva; las manos que van al pan, aturdidas entonces por el sobresalto del encuentro, esbozaron algo parecido a un desmayo para no dejar huella en la masa que ya burbujea sin remedio en el horno. Nos quemamos.

Me llaman “Estupidez” porque escribo cosas como esta, estúpidas e insignificantes para la vida de un país inflamado; a veces camino al margen y escribo en las orillas de una hoja en blanco para no hacer añicos el cristal de la mesa, escribo lo que me sale del alma y aún a riesgo de perecer agónicamente en el baúl de las páginas malditas de Ocio y Suciedad, insisto en la errática aptitud. Garabateo lo que me sale del alma y otro tanto lo reservo para ella. Escribo del estúpido amor que derrama en cada esquina sus asombrosos tentáculos y del amor estúpido que nunca sabrás por qué aterrizó en la azotea de tu corazón. Porque hacemos cosas estúpidas nos llaman estúpidos… Puede que amar sea la mayor estupidez, amar estúpidamente digo… porque lo otro, amar a secas, es urgente y necesarioMe piden mis amigas que hable de amor

Arcoiris que están cansadas de tanto desamor y tanto Grey  como anda suelto, (ya saben esa burda historia de abusos y sombras que encabeza la lista de los libros más leídos…sobados diría yo); me piden que haga por ellas lo que no se atreven a decir en voz alta, que ponga letra y música al desvarío de un amor “de verano” que sin embargo trasciende  la frontera del “tonteo”. Me piden que ponga letra al mal de ausencias porque quien más y quien menos vaga herido por la feroz dentellada de un estúpido amor.

¿Por donde iba?

Me vio. Le vi. Fue una tarde ceñida por el mutismo reverencial de los miedos que tropiezan en la boca del estómago y ahí mueren, para no cometer la gran estupidez de asomarse al precipicio y caer en la boca…cordillera infinita de unos labios.

Paseamos por la anchura de la tarde, detenidamente, dejando pliegues y costuras al aire de este febrero enfebrecido, estúpidamente abandonados por la calle en la que se producen todos los hallazgos y después, terriblemente todos los quebrantos; recorrimos las aceras asfaltadas de amapolas depositando la mirada del uno en el otro, tiernamente, sin perseguir otra cosa que ser el uno del otro, subimos y bajamos las montañas de una escalinata que estúpidamente acababa en la oscuridad de un subterráneo. Fin del trayecto.

Sería estúpido ver morir así un amor que provoca tempestades. ¿Disponemos de tiempo suficiente para prolongar este paseo y este centelleo que chisporrotea en la cuenca fértil de los ojos? Claro, el domingo es largo y se derrama como la miel hasta el sábado que viene. Continuemos pues. Le vi. Me vio. El paseo derivó hacia los brazos de la noche, ese hueco inmenso en el que la vida se detiene y te absorbe como un remolino impaciente, es entonces cuando la estúpida pregunta te asalta inmisericorde sin posibilidad de alcanzar la respuesta ¿Y ahora…qué? Pues no va a ser el “aquí te pillo aquí te mato”, eso es para los clones de Grey que corretean sin bozal entre la inmensa fauna de esta flora. Yo me refiero a la estúpida sensación de proyectarse en el otro, no a la de sentirse poseído y utilizado. Yo hablo de “estupidez” absoluta, esa que te provoca flojera en la mandíbula y ardor en cada terminación nerviosa de tu cuerpo, descontrol del parpadeo e ingravidez total hasta del pensamiento.

Me vio. Le vi. Nos aproximamos tanto, tanto…

Le regalo un libro, una tontería, él no trae nada, qué tontería; no sabemos apenas el uno del otro, qué importa si estamos uno dentro del otro. Así lunes y martes esperando una señal al menos el miércoles para que el jueves no cierre el documento de Excel con números encendidamente rojos y el viernes pueda prepararme para el ritual de choque. Curar en sábado los rasguños de la pelea y despertar el domingo dolorida pero intacta. ¡Que hable de amor me dicen!… Si supiera desentrañar alguno de sus misterios y evitaros el dolor de su zarpazo sería yo otra cosa que esto que ahora soy… pura “estupidez” que no escribe más que estupideces.

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Las recetas de Panchita

Mi mesa es en este momento un bodegón de cosas muertas, frías que sin ángel ni gracia agonizan de tanto viernes. Es un bodegón sin alma. Para acabar con este velatorio de despacho en penumbra he abierto de un golpe el libro

Peras que no esperan

Peras que no esperan

más rico de mi estantería. Chorrea jugo de almendra y manzana por todas sus hojas, revienta de cebollas y agasajo de aliños.

Para deleite de este viernes tobogán hacia el sábado, Panchita riega el libro con un buen pellizco de salsas afrodisíacas, y otros fluidos esenciales que enjuga con el verbo hambrear… Mi mesa ahora es un caos de curry y picante, salpicaduras olorosas de guacamole y sopa turca, un ravigote sube por el flexo y el ratón se está lampando la salsa huancaína empapada de queso de cabra.

Panchita ha venido a con su mandil de mil lunares y manchas alborotando el bodegón fundido de mi mesa remolona que aún hace siesta de viernes, cuando están a punto de llegar mis invitados.

Ha desparramado una lluvia de nueces y una espuma de naranjas que agita con el salero de una anfitriona experimentada en la guerra de los fogones. Piñones trae de pendientes y guindillas de diadema floreada. Panchita ha encendido la cocina y con ella trae a Afrodita en el regazo.

Isabel, Isabel…eres muy Allende en este libro

Un lápiz de sol

Hoy bien temprano bajé a la calle y me asaltaron pájaros de agua líquida, me dieron los buenos días y un trozo de cielo, me subieron a pasear los tejados rojizos rociados con las perlas de un amanecer improvisado en mi lienzo de febrero.

Acabo de aterrizar en este campanario, la cigüeña me depositó antes de ayer en el nido, está caliente, es acogedor, ¿bajar? para qué??

No. No bajo, aquí me quedo.

Desde aquí todo es sol y mi horizonte es amplio.Mar en Madrid