Almorzar sobre la hierba

Recuerdo un día en el campo, en que la despreocupación nos envolvía como el ropaje perfecto para la evasión campestre. Sobre la arboleda un péndulo de nubes rebeldes, el tremulante deambular de elanios a punto de primavera y la palabra.

Volar sobre la hierba, respirar y otra vez volar

Almorzar sobre la hierba es la despreocupación absoluta. El estado más próximo a la felicidad que conozco. Nada es tan dulce como ese abandono, cuando un sopor de siesta sobrevuela la conversación.

El mundo debe estar respirando en alguna parte muy alejada del horizonte que se contempla en el campo, salpicado de rebaños en paz. Allí siempre es la PAZ. No se conoce gruñir más alto que el de un tractor fecundando la tierra.

Almorzar sobre la hierba no es tan sencillo como os pudiera parecer. Que si el calor, que si el frío, que si la humedad amenazante del suelo… Hoy me gustaría poder llegar hasta una agencia de viajes y pedirles vuelos rurales, hacer escala en los valles aterciopelados de “nomeolvides” y comprar lilas frescas para la cesta de Navidad.

 

El olor de mi cesta es el LUJO

Inaugurar Diciembre por todo lo alto, explorando obsequios adorables, exorbitantes en los escaparate de Prada, Miu Miu o Valentino y adquirir tan sólo una mantita cálida de cuadros, del tamaño de una oveja en libertad por los montes humeantes de frío y primeras nieves. EL LUJO…

El lujo es aquello que camina en sentido contrario a esta suntuosidad, pompa y petulancia con que nos envuelven DICIEMBRE. Viene en frasquitos de mermelada de grosella, y a veces de naranja silvestres.

Avanzar por las avenidas del lujo y siguiendo un camino coronado de álamos, donde al fondo revientan de amarillo unas mimosas, llegar y extender mi manta, abrir la cesta navideña de lilas frescas, aspirar el profundo olor a crema de camomila, eneldo y comino; olores que flotan por el campo como bombillas navideñas en los árboles de la ciudad. Inhalar nada más, esa PAZ penetrante e inalterable que es posible experimentar sobre la hierba. Al desplomarse el mediodía sobre el campo. Y luego si acaso almorzar.

Y aún después hablar. Sobre Flaubert siempre a cuestas con sus flores. Proust perdiendo el tiempo una y otra vez sobre la hierba. Lee con carretadas de heno y sidra para Rosie. Quiero hablar de Jaroslav SEIFERT, a solas o con la compañía de mi acompañante, que seguro estará algún día sentado a mi lado, en la mantita del tamaño de una oveja libre en el campo.

Porque, como dice Seifert, con esperanza o sin esperanza, siempre volvemos a casa.

 

 

 

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