Bizcocho, boda y chocolate caliente

La mezcla es perfecta cuando la tarde dibuja tormentas encadenadas y sólo cabe acurrucarse al calor de unas brasas y una ración generosa de masa madre. Esponjosa y fundente donde dejar derretir la yema de unos dedos ateridos de intemperie.

UNA TARDE CON SUS DULCES Y SUS SOMBRAS.

Aquella dulcería de mi casa

Desde muy temprano fui encendiendo velas por toda la casa y esparciendo amargamiel por los sumideros de la memoria para evitar, justo en la desembocadura del estómago, aglomeraciones inoportunas de hojas secas. Sabéis que os hablo de esos adornos florales que el remolino del tiempo arrastra sin permiso y sin piedad. Bien, pues como decía, encendí un arsenal de cerillas que prendieron con gusto la mecha del velorio. Y todo fue rodado.

UNA TARDE LLENA DE DULCES Y SOMBRAS. MÁS DULCES QUE SOMBRAS, por descontado.

Cuando lanzas al cielo un mantel blanco que luego reposa lentamente sobre la mesa de la tarde, comienza un libro. Una concatenación de relatos mínimos que va dando color a la vida en solitario de cada una de las personas que se sientan a esa mesa.

Sin duda, las mesas mesas, las que te invitan a poner los codos sobre su cuerpo, las que permiten abrir un libro a la altura del corazón; las mesas como dios manda en las que sembramos semillas de palabras que germinan y florecen; esas mesas de verdad, como prados serenos en los que se bendice el pan y el agua, mesas que acogen oraciones subordinadas; esas mesas son de las que os hablo y las que voy a inaugurar cada sábado cuando caiga la tarde.

Abrí la mesa en toda su extensión. Sacudí al viento el mantel blanco adormecido de silencios y olvidos, alboroté las jarras con leche y café recién hecho, mientras en las ventanas, la lluvia parecía querer entrar al banquete. Allí dentro todo era calor de horno y cremosidad. Un ápice de felicidad en la mesa de la tarde.

Llevaba días acariciando la idea bucólica de una merienda; merienda de verdad, como aquellas de la adolescencia en las que yo creía que mi madre era la modelo de la caja de galletas. Esas meriendas suculentas  que ya no nos permitimos por la chaladura de los kilos, de las dietas que nos han impuesto, a nosotras, que jamás veremos desfilar nuestro palmito por la pasarela tiránica de la supuesta belleza. Así que yo me dije: “la moda, hoy será merendar sin complejos, bizcochear y tartear, chocolatear la vida”. Y así fue que nos dieron las tantas de la noche extendiendo sobre la tostada, mermeladas, pasas, ralladuras de limón y esencia floral de malva.

La tarde fue abriéndose hacia horizontes muy dulces en los que devorar medias lunas de manzanas horneadas o harina tamizada sobre lecho de yemas camperas y perfume de limón, fue lo menos importante. La reunión derivó por los senderos siempre agrestes de la vida. Un devenir de risas escandalosas acompasado con el ritmo lluvioso de los agobios y las penas de cada cual.

FUE UNA TARDE LLENA DE DULCES Y SOMBRAS

Sobre la extensa mesa de la tarde comenzaron a desfilar reivindicaciones de una mujer ya liberada del desamor, también los sonidos inconfundibles de los brindis por el incierto futuro, la juventud perseguida por la prisa o la inquebrantable y única certeza que es el presente.

La mesa de la tarde era puro chisporroteo de felicidad, a veces de emoción, y casi siempre de complicidad. Se iban abriendo y cerrando puertas a las historias pequeñas y diarias de cada quien, al igual que menguaban las perlas de chocolate, las rosquitas glaseadas y las bandejas moteadas de pastelitos.

La crema, la nata y el hojaldre a eso de la media noche, se habían fundido como una acuarela de Turner, y es en ese momento mágico de todos los cuentos,en el que Cenicienta debe partir en su calabaza, cuando salen a flote los sapos resbaladizos… ¡qué gran hallazgo infantil!

Todo cuento encierra una princesa y un sapo o viceversa, que no nos vamos a poner en plan, en plan….

Y es en ese punto en el que viene el momento luminoso, el momento cumbre del libro, el momento “amiga, cuenta cuenta”. Ese momentito que está en las películas de Julia Roberts pero que no esperas vivir tan de cerca, en tu propia mesa de la tarde, sembrada de bizcochos, tartaletas, borrachitos y piononos.

Es tu amiga harta ya de estar harta. Toma el impulso necesario de la crema caramelo y ÑAM ÑAM, lo suelta, como una bocanada de aire endiabladamente puro y casi virginal: “chicas, he tirado mi vestido de novia a un contenedor, luego he ido a casa y he roto las fotos del día de la boda”.

Los aplausos y los brindis se han desparramado por la mesa, se iban chocando los unos con los otros, tropezando en la confusión de vasos, vasitos y copas.

Chim-Chim “¡por todas nosotras, las aquí presentes y `por las ausentes! por los capítulos del libro que vendrán, porque nos permitamos escribir renglones torcidos, porque salgamos fortalecidas de los embates que nos aguardan. Chim-Chim por los amores perdidos y futuros, por los que quisimos y nos decepcionaron, por los amores de verano. Chim-Chim por los días vividos y los que nos labraremos todas juntas alrededor de una mesa mesa, con su brasero y su mantel blanco, con sus dulces y sus sombras.

 

 

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