Una cocina en domingo

Cada domingo es un comienzo de algo. Una resonancia del viernes ya lejano y vaporoso. En consecuencia el domingo es un abrir y cerrar de golpe la maleta.  Es a esta hora última de la tarde, cuando sobrevuela por la casa a medio encender, el untuoso rito del baño espumoso, rumbo al pijama tibio, que espera derretido sobre la cama. Como esa leche, que excitada por el calor se derrama del vaso y dibuja a punto de nieve el microondas.

Como cada domingo, la casa se torna a esta hora del desplome, en campo de batalla: una retahíla de maletas y bolsos de viaje dificultan el tránsito por el pasillo; de alguna bolsa emerge el olor de los dulces que un familiar nos ha metido sin permiso en el maletero. Luego está el desfile de tarros de miel que hemos comprado en la gasolinera, las mallas de diez kilos de naranja, chucherías de carretera, unas cuantas revistas de coche y el arsenal de objetos inservibles que traemos al regreso de cada viaje al pueblo.

Ahora toca abrirse un hueco en la cocina. Es domingo y todo comienza, aunque tu dices que todo termina. Montoncitos de ropa van del dormitorio a la terraza en una especie de baile de salón. ¡No son horas de poner lavadoras!

El pan de pueblo reposa como una bella durmiente sobre los fogones apagados, toda ella oronda, jugosa, apetecible y tentadora. ¡No son horas!!

El cuerpo se nos pone de domingo y tiembla. Se tambalea como una gelatina. Abro el despensero y pienso en algo indispensable: mi colección de tarros de cereales. Algo parecido a una fiesta en el campo pero en miniatura de cristal.

Una amiga me envía señales desde la Feria de Abril, con sus lunares dibujando el alma y su flor en todo el corazón. Veo sus fotos y parece como si estuviera dos continentes más allá.

Los lunares de Águeda en flor

Luego observo las fotos que me envían desde un concierto de Sabina… poeta siempre… y parece como si Madrid fuera aquello en vez de esto. De repente el pueblo sin mar, se llenó de vida y ojos de gato mientras la gran ciudad se despoblaba en noche de sábado y primavera.

 

Anuncio del concierto de Sabina en Don Benito

Y mientras los amigos, como es normal cada domingo, me van llenado el teléfono de planes festivaleros, viajes express a Transilvania, paseos con Menina incluida y limoneros en flor… yo voy haciéndome preguntas muy profundas: ¿qué hice la noche de ayer sábado? ¡No son horas!!!

 

 

Meninas por Colón

Aún repaso algunas fotos más y observo que otros dos buenos amigos, se han ido al  Líbano para leer sus melodías empapeladas; nada menos que al Instituto Cervantes con sede en Beirut y para ponerme los dientes más largos, me envían recuerdos desde una playa.

Amigos Javier y Anotnio en Beirut.

A estas horas la galería de fotos se desparrama y me sugiere revisar el almacenamiento, en pocas palabras, BORRAR. No admite más imágenes. Y bien que se lo agradezco porque no para de retumbar en mi cabeza la pregunta : ¿qué demonios Mar hiciste tu anoche, mientras Sabina cantaba en Don Benito para siete mil personas; mientras  Águeda se ponía flamenca,  mientras Esther viajaba a Rumanía, mientras Yolanda posaba con una hermosa Menina y mientras Javier y Antonio leían sus obras en Beirut? ¿EHHHH???

¡No son horas, pero voy a poner una lavadora!

Ahhh y justo antes de ponerme la leche a calentar en mi cocina con su pan durmiente y el murmullo de los cereales burbujeando en el tazón, me llega una foto más: Neus, la pionera, me envía una instantánea de la entrevista que ha concedido para un periódico. En ella habla de una generación de mujeres silentes, en la que yo creo reconocerme; mujeres que contribuimos a romper desde un puntito de  provincia, tímidamente y sin mucho ruido, a veces con música clásica nada más, el grueso caparazón de esa triste generación llamada “del silencio”.

Escribo desde mi cocina para repasar las fotos que me permite guardar el almacén de mi teléfono y así llevarme hasta el punto de ebullición, darme una fiesta de arroz con leche y llorar por tanto recuerdo borrado.

Escribo desde una cocina en domingo.

 

 

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