EL LUTO

El luto es todo aquello que va calando y calando hasta dejarte el alma en los huesos; o los huesos a la deriva sin alma a la que sujetar su escuálida envoltura.

El luto es Noviembre desplegándose como una mancha de amapolas primavereando los campos. Las letras se deslizan como el luto hecho llovizna entre las casas que habitan nuestros muertos.

Una lápida rebosante de vida en Zagreb

Cada día viven allí más amigos y parientes. Nuestros padres también. Quizá fueron en busca de sus padres, y éstos les antecedieron en la búsqueda de sus padres… así eternamente nos vamos buscando unos a otros, viviendo una vida de luto en luto, de lápida en lápida amagando con no volver por aquellas tierras que irremediablemente serán nuestra cobertura, faro o atalaya, según quien nos visite con los años.

Llevo días guardando luto. De los armarios van y vienen los abrigos apolillados de tanta ausencia. Sólo apetece enfundarse en el negro como manta protectora contra el frío de los cementerios, donde sobrecoge la elegancia de los muertos.

Ni una voz más alta que otra, sólo el retumbar de la conciencia cenicienta; el arrullo de siglos vigilando las ventanas congeladas y la inabarcable tristeza de los corazones rotos.

El luto es un estado de embriaguez del alma gracias al cual soportamos la muerte. Yo vivo embriagada desde hace algún tiempo sin más expectativa que acostumbrarme al luto de mis pensamientos. Primero fue el luto de la ropa, luego llegó el de las palabras, más tarde el de mi casa, con sus persianas enlutadas y sus vajillas apiladas e inmóviles…Por último el luto todo. Mi duelo es un todo que me convierte en nada para nadie.

Un pedazo de cementerio se me ha clavado en el alma y aunque algunos días, brotan flores en las ventanas que dan al campo, no suelen durar ni el aleteo de una mariposa. Se mueren al nacer, como yo. Un estornudo, y emprenden el viaje de los siglos para no ver más primaveras.

Tengo las muertes más hermosas como paisaje dentro de casa, trocitos de luto y migas de masa madre salpican mis manteles heredados y luego está la voluntad de no olvidar ni un sólo beso, a pesar de los inviernos en que han perecido congelados.

Me separan de vosotros, mis muertos más queridos, unas cuantas lápidas con su crepitar de margaritas, unos cientos de kilómetros de polvo y encinar, pero cada vez estamos más cerca los unos de los otros.

Cuando os pienso en el frío de las noches, me vienen a la mente los cremosos años de nuestra vida juntos… entonces, ya sólo dibujo mimosas que nos den sombra por fin, como en los días en que fuimos florescencia.

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