CUENTASUEÑOS

Escribe, me dice Jovita. ¿Para quién? Pregunto yo. No importa, escribe, me dice mi “yo” desdoblado; un ser tímido que deambula sin oficio, transportando lutos familiares hacia la trastienda de los silencios. Un ser que se afana en llorar para adentro y desdibujarse para emprender el viaje soñado hacia la “nonada”.

Mi “yo” desdoblado es un ser excepcional que habla muy bajito. Si lo sabré yo, que apenas intuyo su existencia. Está ahí, de vez en cuando mueve algún mueble y pasa la aspiradora cuando se acumula la pelusa del miedo. Poco más.

Desnudamiento y campo

Algunas mañanas se despereza y hace pan inglés; su horno expande motitas de orégano como si fuera el noticiero de las siete de la mañana, que deja caer por la ventana, la voz de un locutor, en perlitas de rocío.

(Mi sobrina María me dice que ponga comas, que hago frases demasiado largas que le impiden respirar cuando camina por ellas. Voy, por una vez, a ser obediente y poner comas, puntos, guiones, comillas inglesas y simplemente comillas).

Siempre nosotras entre flores.

El caso es que mi “yo” desdoblado es el que manda y gusta de escribir sin piedritas en el camino; es un “yo” atropellado; escribe sin pensar en el daño colateral que provoca una lectura desbordada, sin vallas o muros de contención que dirijan al pobre lector hacia un área de descanso.

Hace tiempo que mi “yo” desdoblado, no da señal alguna. Parece como si se hubiera marchado: no sube las persianas, no tiende la ropa ni riega las macetas, no se arrastran muebles ni se oye la voz del locutor dejando caer perlitas de rocío por las mañanas. Ni un triste hilillo flotante de conversación telefónica o el traqueteo del taladro, los sábados por la mañana.

Ayer tuve la osadía de llamar a su puerta. Pobre. Como cada año, se ha adelantado al resto y ha colocado la pertinente guirnalda navideña. No es un ángel. Se trata de una cuerda trenzada de cascabeles, estrellas y campanillas; le gusta que los niños al pasar tiren de ella y sueñen de repente. Además ha colgado un muñeco de nieve, de trapo, sin su nariz de zanahoria, deshilachado, como si hubiera salido de una caja enredado entre más muñecos y millones de cintas navideñas.

Al momento, he pensado que mi habitante misterioso, efectivamente, estaba allí. Taciturno, sombrío, adormilado y acurrucado sobre las mantas de cuadros que en todas las casas deshabitadas se acumulan al igual que las telarañas.

(Mi sobrina María se habrá desbocado en esta frase; habrá ido a caer al foso de lectores agotados por falta de comas).

María, esperando paciente las comas, mis comas.

Pero es que a veces es mi “yo” desdoblado el que marca el ritmo del párrafo y evito confrontaciones a causa del mal de la “edad”. Sí, apenas discuto ya con nadie. No suelo caer en la trampa de la ofuscación ni la contrariedad. Soy muy feliz en esta felicidad de estar feliz.

Feliz en la felicidad

Es ese viaje soñado del que os hablaba antes, la “nonada”. Un vapor en el que se fluye como si vivieras dentro de una pompa de jabón remolcada por una suave ventolera hacia la copa de los árboles.  (Otra vez pido perdón. Las comas, sí, las comas, de verdad… es que no me salen del alma del “yo” desdoblado; lo siento María).

Sucede que María estudia Traducción e Interpretación y lee por oficio y mucho vicio; de manera que cuando lee uno de mis textos, tiende a recogerse la melena en una coleta monísima, para evitar el efecto “pelos de punta”: “comas, tía Mar, comas y comillas inglesas y guiones; menos adjetivos. Tiene gracia porque este consejito de los adjetivos, ¡qué cosas! se los daba yo hace muchos años. Ahora es ella mi maestra).

Como os decía, fui a curiosear en el rellano de la escalera, por si mi habitante fantasma moraba dentro de casa. Nada. Ni un triste ruido, salvo la guirnalda cascabelera en la puerta y un felpudo con su casita roja de cuento, donde los niños al pasar hacen el gesto de tocar el timbre.

Sin embargo, tras un minuto de autoexploración, llegó la confirmación de su presencia allí adentro, gracias a un olor delirante. Los matices de un perfume penetrante que salían de su horno, inundaron todo el edificio. Ese hombrecillo “yo” desdoblado, estaba cocinando bondades al otro lado de la puerta, por cuya rendija se escapaban los cuentos de Navidad de Dickens y la “Danza del Hada de Azúcar” de Tchaikovsky

Flautas y flores mezcladas con ralladura de lima, chocolate fundido y pócima de caramelo.

Un trocito de gloria a 200 grados con calor arriba y abajo.

Entonces… bajo el felpudo con casita roja de cuento, me pareció ver un papel, una especie de carta. Será propaganda de IKEA. Tal vez el catálogo de Juguetes o la primera felicitación navideña de esa familia portuguesa que cada año escribe con puntualidad portuguesa y sabores de Cascais

No. Nada de eso.  Era un papelucho amarillento, ese color y textura que suelen tener los libros, de tanto habitar en los cajones de la cocina. Y una sola frase: “Bizcocho significa: dos veces cocido”. Una hoja desprendida de uno de mis diarios.

¿Una hoja escita por mí? ¡Mi diario caótico! Mis recetas anotadas entre versos de melancolía pura y enharinada; mis anotaciones de licor y luto; mis renglones espolvoreados de sal marina; mi continuo y solapado devaneo por las frases rotas y encadenadas sin comas.

Allí estaba yo y mi otro “yo”. El “yo” que escribió su epitafio : “Colorín, colorado”. Y el yo que apuntaba con precisión, los gramos de azúcar exactos para hacer el “Postre Bonito”.

El “yo” que escribió sin parar para terminar en la cocina haciendo bizcochos sin parar.

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