Niños de una España lejana

Con frecuencia el paisaje rabioso y verde de El Retiro madrileño, en los días en que acoge la Feria del Libro, se desborda a un lado y otro por el caudal de casetas que van a dar al anchuroso mar de los sueños.

La Feria del Libro es la reverberación hecha carne de los “atrapa-firmas”, la salida del armario del numeroso -por suerte- club de fans de escritores, editoriales, bibliotecas, ilustradores y coleccionistas de lo bello. Para mí lo bello es todo aquello que se dejó por escrito y ni siquiera el soplo de los vientos del tiempo es capaz de borrar.

Este año la Feria del libro ha tenido especial significado para mí. Una avalancha de emociones se ha arremolinado en conjunción casi perfecta como para resucitar alguna que otra esperanza moribunda. Pero esto ahora, no importa, se verá más adelante.

En medio de la algarabía que propician los libros y los que están por venir, se han ido consolidando algunas amistades al tiempo que nacían otras y muy a mi pesar, alguna que otra se desvanece por fuerza mayor. El río de la Literatura no siempre trae agua fresca y cristalina; a veces en su torrente arrastra hojarasca volátil de algún jardín podado a destiempo. Pero esto ahora no importa.

Lo cierto es que mientras desbrozaba la cuneta, he hallado una parcela donde sentarme a esperar la primavera en compañía de un autor al que desconocía. Pedro Chavero, un hombre de pelo de plata y sin embargo un niño cuando mira a su alrededor.

A través de los favores que vamos encadenando en la vida, tuve ocasión de conocer a una familia bien avenida, la que forma parte de la Editorial Doce Calles y luego vino todo seguido. De ahí llegamos a Lettere  y al libro “Habitación 226” cuyo autor Pedro Chavero, ha sido finalmente un descubrimiento.

Un hallazgo feliz por varias cosas más que tampoco ahora importan.

Lo que sí es importante es arañar la historia que esconde este libro lleno de rabias antiguas y escozores no resueltos. La vida de un niño moldeado en sus inicios por una circunstancia que marca su destino, el desamparo.

No es éste un libro que deje indiferente al cerrar sus páginas, llenas de tierra. Un niño doliente por el padre que no tiene, juega a pesar de todo, escondido entre los escombros de la marginalidad. Un zarpazo tras otro al doblar la esquina de cada hoja. Hasta el punto, que una se pregunta si es necesario saber tantos y tan delicados detalles dela vida de Toñín, el protagonista niño doliente.

No fue el único niño que crecía en semejantes circunstancias, rodeado de toda la fealdad que hay desperdigada en los barrios por construir. de la periferia.

La dureza del paisaje traspasa sin permiso la piel blanca e inocente de un niño de aquella España lejana, en la que, como el propio Pedro Chavero apunta, se silenciaba casi todo.

Los malos tratos, la violencia física y moral, transitan sin piedad por un libro cuya portada, ya presagia algo temible.  Ya se adivina en la fotografía del muchacho invadiendo la portada, tan guapo y bien peinado, una historia que hará temblar… Algo esconde la mirada de ese niño que parece forzado a mirar el presente incómodo, asfixiante, gris como la imagen.

“Habitación 226” duele porque se narra desde la certeza de saber que parte de aquello sucedió. No hay intención de dulcificar la existencia, más bien al contrario, la intención es describir sin ahorrar dolor, la vida descarnada que algunos, como el autor, se han visto obligados a transitar.

El personaje de Toñín, por suerte, no se hizo añicos ni se perdió en la periferia de los barrios marginales, sino que sobrevivió para contarlo, a pesar de la sensación de lluvia y frío que nos transmite la lectura; o el hambre y el calor de las casas a medio hacer, de las vidas a medio vivir.

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Otra vez las urnas

(Desahogo nada poético)

 

 

Otra vez que nos llaman a filas. O sea, otra vez que el político medroso, el mismo que ignora nuestras ansias de paz y no-política, nos pide un salvavidas.

 

Y ahora que ellos mismos nos llenan la cesta de la compra con la mercancía del “feminismo y eso” van y se ponen “ELLOS- otra vez”. “ELLOS- siempre”. ¿Y ellas? ¿Hay alguna por ahí, debajo del atril?

A ver IRENE, ¿no dices todo el tiempo que “Unidas Podemos”?

 

No creo que hayamos hecho tanto mal como para merecer semejante horda. Esta zoocracia que rula para ellos y sus adiestrados asesores.

Y luego están esos Periodistas-altavoz para unos y no para los otros; inmensa cloaca reconvertida en Tertulia de damnificados; cursillistas del postureo políticamente correcto.

 

Ya estamos llamados otra vez a una mesa llena de urnas y papeletas para embutir con ellas el ego de unos cuantos “yonquis” del “auto-yo”.

¡Que se salven a ellos mismos! ¿Qué ONG irá a rescatarlos de las fauces del mar, si andan todas reparando el desastre de un Titanic llamado “migración”?

 

¿Ahora ya no urge recobrar esas vidas en alta mar a la hora del telediario? No. Ahora se hunde de forma apremiante otro barco, el de los Partidos: una barcaza agujereada, pero no por mafias, sino por auténticas ratas sobrealimentadas de inmundicia.

 

Nos llaman a salvar los muebles y evitar el oprobio de salir de La Moncloa; otros en cambio, para todo lo contario, entrar y recolocar los cuadros, sentir el olor de la croqueta más top de Madrid.

Nos llaman a tomar las calles un domingo de romería. Hacer largas construcciones humanas en pos de un Gobierno-¿español?- para una España que anda ya extrañada y cansada de ser esta España.

 

Nos llaman a las urnas y a fe que iremos en desbandada, pues hambre teníamos ya de pronunciar un nombre: ESPAÑA.

España o Españita, la que está llenita de pueblos y obradores y casas con escudo, huertas, ganado, factorías, invernaderos y playas que quitan la sed. Un país admirable, al que esta hornada de políticos, ha despojado de ígneos avatares en previsión de daños colaterales a un puñado de extremistas.

 

Mas parece que vaya esa España cansada del maltrato y la embestida, a votar contra esa España mínima, -parrillada va, parrillada viene- agigantada en las escaletas de los editores de manera impune, con la tibieza, equidistancia y hasta  beneplácito de Periodistas desacomplejados, simpatizantes con la causa.

 

Pronunciar España no provoca sinusitis, ni afonía contumaz, como quisieran algunos supuestos líderes de opinión. Y en la riada de españoles que acudirán a las urnas, habrá oleaje suspiroso por la patria cuarteada; la España aventada siempre por los mismos: la mini-España que alborota la clase para reventar el orden.

Yo iré a votar con la biografía de AZAÑA bajo el brazo, con la literalidad de sus discursos. Iré a depositar mi pedazo de España en esa urna sacrosanta, en la que a duras pena creo y confío, pero iré. Iré acompañada el eco de las palabras de  Azaña  cuando dijo: “Yo soy castellano, pero soy español, o si me lo permitís, no soy más que español, y vosotros estáis obligados a no ser más que españoles, y si no lo entendéis así (…) hacéis dimisión de vuestro papel en la Península. Consideradlo, porque en ello va vuestro destino histórico” .

 

Puede que algunos se hayan aferrado a las palabras de Ortega y Gasset cuando dijo que “el problema catalán no se puede resolver, sólo se puede sobrellevar”; y a sabiendas de eso, han retorcido la magnánima tolerancia del resto de españoles.

Españoles sin matices, que han visto enflaquecer las cuentas, las infraestructuras, las Instituciones; han visto despoblarse sus pueblos; vaciarse las fábricas; agujerearse los puentes; sin un mero pestañear de sus Gobiernos, central o autonómico. Ambos mirando casi siempre hacia otro lado; tensando la balanza en vez de equilibrarla. Vosotros…que ahora nos llamáis a las urnas con la única misión de salvaros de un ahogamiento televisado.

 

Yo iré a votar contra esa forma de gobernar. Muy harta ya de ver que nos miran por encima del hombro. Muy harta ya de ver que nadie mueve un dedo por el OESTE, más concretamente por el Suroeste, donde se atisba Portugal; donde la dehesa y toda la belleza que nadie nunca ha visto.

El mar todo

El mar todo es inmenso. Debe ser algo así como un dolor insoportable; también como la experiencia del amor efímero, del que dicen, dura menos que la visión de una estrella fugaz dibujando caminos insondables alrededor del mundo una noche cualquiera, pero una noche estrellada.

El mar todo está en la biografía de Rilke, el hombre pantera que vivió haciendo círculos de silencio, para ensalzar por encima de todo el POEMA. ¿Para qué hablar cuando un verso expresa TODO, de forma impecable, sin la vibración agitada que enturbia el respirar?

Estos días de extraña primavera…

Mayo y des-mayo

El mar todo es una excusa para hablar de algo que no sea lo que ya sabemos. Mayo estuvo hermoso con sus flores ahora pisoteadas.

Mas des-mayo que mayo se desvanecen las ganas de amar que algún día tuvimos por aquí rondándonos.

Por eso el mar todo es una urgencia. Con su gama de azules mostrando al mundo su pequeñez y negrura.

Este des-mayo va haciendo crecer la muerte en casi todos los sentidos. UN NO DEJAR NACER LAS FLORES.

Un… ¿qué más nos da existir si al cabo todo revierte en la nada que dejamos?

El mar todo ya no cabe aquí donde hicimos hueco por si acaso desparecía la palabra AZUL. Y a fe que está moribunda esa palabra.

Esto que nos pasa es un NO DEJAR NACER LA FLORES.

Y el mar todo ya no espera. Como el nombre de mi #pobrelibroinédito todo se ha teñido de AZUL LEJANÍA.

El vapor de la felicidad es esto

Rilke todo era silencio, para no enturbiar los armónicos de la belleza toda en su inmensidad. Y yo de tanto buscar silencios voy camino del mar todo, apaisada como la dulce Alfonsina... caracola y sedimento. Silencio todo.

Dejen alguna flor a la entrada como despedida. No hablen, sólo dejen pasar las floraciones para que al llegar donde sea que lleguemos, sólo nos asista el mar todo y acaso muy al final del todo, el  dulce resplandor de las mimosas.

 

La contracción del mar

La agitación de estos días crea un efecto “champagne” en mi interior. No sé si es que octubre está a punto de dar a luz o es simplemente que hay mucho mar de fondo a causa de inminentes mareas electorales. Lo cierto es que España no siempre fue tal y como la padecemos hoy. Hubo un tiempo en que todo era apacible, campaban a sus anchas las vaquitas por inmensos prados verdes; los ríos desbordaban su abundancia sin temor a traspasar territorios; las cuencas no eran de nadie salvo del limpio retumbo del agua. Sigue leyendo